Desde 1999, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha impulsado el concepto de trabajo decente y, desde 2004, la Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización lo convierte en un objetivo global. Hablar de trabajo digno no trata sólo de un empleo en el que el trabajo sea bien remunerado y que se ejecute con aceptables condiciones materiales. Se trata, además, de un trabajo en el que las reglas de juego entre empleador y empleado sean claras, justas y adecuadamente reguladas, que otorgue protección, no sólo en caso de despido o de enfermedad sino incluso para cuando se presente la situación de inactividad por razón de edad. Es decir, más allá del significado tradicional de un buen empleo, el trabajo decente añade al ámbito económico nuevas dimensiones de carácter normativo, de seguridad y de participación.

Desde un punto de vista histórico, la acción internacional contra el trabajo forzoso u obligatorio se orientó hacia la lucha contra la esclavitud. Aunque es asociado como una práctica propia del pasado, reviste nuevas formas en todo el mundo. En 2005, la OIT cifró en 12,3 millones las personas que, en un momento dado, se encontraban en situación de trabajo forzoso, siendo los menores de edad el grupo más vulnerable al representar el 50% de las víctimas. A pesar de que hace dos siglos la abolición de la esclavitud sirvió para ilegalizar la forma tradicional en la que se efectuaba, en la actualidad no se ha erradicado del todo, pues hoy en día éste cuenta con mecanismos más indirectos y más ocultos de privación de la libertad de movimiento, como son la servidumbre, la servidumbre por deudas o bajo contrato, etc.

El trabajo forzoso representa la antítesis del trabajo digno, infringiendo todas las normas laborales fundamentales. Las personas sometidas a trabajo forzoso suelen ser víctimas de discriminación por razón de género u origen étnico. Las causas profundas de este fenómeno hay que verlas, no sólo en las carencias económicas, sino también en los prejuicios culturales acerca de la supuesta inferioridad de determinados grupos de personas.

Existen dos convenios por parte de la OIT que se ocupan del trabajo forzoso. El primero de ellos es el Convenio núm. 29 que data de 1930 y que obliga a los miembros estados de la OIT a suprimir el empleo de trabajo forzoso u obligatorio en todas sus formas. Dicho convenio hace algunas excepciones aceptables, como lo son el servicio militar, cualquier trabajo que forme parte de las obligaciones cívicas normales o cualquier trabajo que se exija en virtud de una condena, a condición de que este trabajo se realice bajo la vigilancia y control de las autoridades públicas.

En 1957, el Convenio núm. 29 se complementó con el Convenio núm. 105 relativo a la abolición del trabajo forzoso. Éste resume los propósitos específicos por los que nunca debe imponerse el trabajo forzoso. Por lo tanto, nunca deberá utilizarse con fines de fomento económico, como medio de educación política, como medida de discriminación o de disciplina en el trabajo, ni como castigo por haber participado en huelgas.

En Grupo Axerta compartimos la filosofía del trabajo digno y, a través de políticas internas y acciones, hemos buscado aportar y concientizar sobre este tema a nuestros distintos grupos de interés. Asimismo, buscamos integrar este concepto desde una perspectiva que va más allá de la obtención de ingresos, como el apoyo a la autorrealización de nuestro personal y proporcionándoles control sobre su propio crecimiento.

Te invitamos a sumarte como parte de este esfuerzo y celebrar el Día Internacional del Trabajo Decente compartiendo tus opiniones y acciones.

Fuente: Naciones Unidas Derechos Humanos